Parece que fue en
Tierra Santa, lugar de peregrinación de los cristianos desde
siempre, donde se inició la conmemoración de la Pasión, Muerte y
resurrección de
Cristo. Fue allí donde se crearon liturgias específicas para esta
conmemoración, y
allí también donde empezaron las procesiones, no con pasos sino
con reliquias de la
Pasión. Se cree que la Iglesia celebró desde los mismos tiempos
apostólicos estos
misterios;pero es de los Santos Lugares de donde nos vienen las
primeras noticias. El
testimonio más explícito nos lo ofrece la peregrina gallega Eteria
(siglo IV), que en
los relatos que hace de su peregrinación, describe al detalle
tanto las ceremonias
litúrgicas como las celebraciones en las calles de Jerusalén y sus
alrededores. Dice de
algunas de ellas que son muy parecidas a las de su tierra. Le
sorprendieron especialmente
la celebración del domingo de Ramos y la adoración de la Cruz, que
pronto se extendieron
a toda la cristiandad.
No podemos pasar
por alto el carácter profundamente penitencial que ha tenido desde
siempre la Semana Santa, indispensable para explicar numerosos
aspectos de sus actuales
formas de celebración. Y no sólo eso, sino también el hecho de que
tendieron a
concentrarse cada vez más en la Semana Santa las penitencias
impuestas en la confesión
durante todo el año. Si a eso añadimos las promesas hechas
particularmente por los
fieles a sus respectivos santos en situaciones de apuro, tenemos
una base para explicar la
importante presencia de penitentes en las procesiones, y las
formas especialmente duras
que reviste en algunos casos la participación en las mismas.
Conviene recordar
también, para ahondar en la comprensión de la Semana Santa, el
nombre que se le da en Alemania (Semana del Lamento), las "Lamintanze"
que cantan en Italia en algunas procesiones, las Lamentaciones
que se cantan en la
liturgia, y las Saetas que se cantan en Andalucía. El nexo
de unión y el origen
son las Lamentaciones del profeta Jeremías por la "muerte"
de
Jerusalén. Son una composición elegíaca para recordar y llorar a
los muertos más
queridos, habitual en el pueblo judío. La Iglesia incluyó algunos
de los textos de
Jeremías en el Oficio de Tinieblas (maitines de los tres
días de Semana Santa),
que fueron el germen de las procesiones nocturnas con sus
respectivos "Lamentos",
y una adaptación de las Lamentaciones de Jeremías a la muerte
de Jesús, en el
oficio litúrgico del Viernes Santo.